«Cada uno de nosotros es una península,
con una mitad unida a tierra firme y la otra mirando al océano»
Amos Oz
Enero se ha presentado como un mes frío, lluvioso, nevoso, gélido. De esos que invitan a recogerse, a bajar el ritmo y a mirar hacia dentro.
Pero es que febrero sigue aún más intenso, con lluvias sin cesar y paisajes algo desoladores, que incluso se ha llevado todo por delante.
Y con todo lo que nos rodea, de mensajes, noticias, comunicaciones… he aprendido a dejar a un lado el móvil. A conectarme más conmigo misma. Desconectar del ruido externo que a veces perturba, ocupa y absorve nuestra energía. A estar más presente en el aquí y ahora, viviendo realmente lo único que existe: este momento.
Por eso, cuando llego a casa, me quito el reloj, dejo el móvil en una estantería y trato de centrarme en lo que me rodea. En lo pequeño. En lo cotidiano. Pero también cuando salgo a dar un paseo aprovecho ese instante para estar conmigo. Del mismo modo que, si voy conduciendo, intento no dejarme arrastrar por el enfado de otros, por ese malestar que algunos parecen necesitar soltar para seguir adelante. Aprender a estar presente sin que los ruidos o los nublos mentales de quienes nos cruzamos, perturben nuestra vida o al menos, lo hagan en la menor medida posible.
Los pensamientos rumiantes nos consumen. Y es lógico que, en algún momento, nos atrapen y caigamos en ese círculo vicioso. Somos humanos. Las noticias tampoco ayudan: rara vez invitan a pensar en positivo; más bien nos empujan a anticipar escenarios que quizá nunca ocurran o que los dibujemos aún peor de lo que serán.
Pero aun así, le hemos enseñado a nuestro cerebro a mantenerse en alerta constante, por si acaso. A pensar demasiado. Es como si con todo lo que nos rodea, con los estímulos que recibimos, sólo vieramos la oscuridad, lo pésimo que es el mundo… y eso alimentara ese monstruo interior que se hace grande en cada pensamiento que le damos a cambio.
Y es que los milagros existen. No hay más que mirar a nuestro alrededor para comprobarlo. Milagros que a veces pasan desapercibidos. Situaciones que no hacen ruido, que actúan en silencio. Manos que aparecen para ayudar, palabras que abrigan y consuelan. Esas personas que sin conocerte creen en tu causa y se ponen a tu lado.
No salen en los titulares todo lo bueno que se hace. Todo lo bueno que sucede. Porque el bien no hace ruido a veces. Es tan silencioso que pasa desapercibido. Pero ayuda a hacerte ver que la realidad tiene múltiples prismas.
Aprender a estar presente es también aprender a respirar profundamente para continuar. A sentarnos y dejar un tiempo a la rutina, a las prisas, al agobio, al estrés…
Es dedicar tiempo a agradecer el comienzo de un nuevo día o el fin de otro. Es ser consciente de que lo que te rodea, de vivir en consonancia con la vibración de tus pensamientos y sentimientos.
Que nunca falten motivos para agradecer. Para vivir. Para estar presentes.
Con amor,
I.