Cuando nos queremos quedar donde no es

Cuando nos queremos quedar donde no es

«Cada persona que pasa por nuestra vida es única.
Siempre deja un poco de sí y se lleva un poco de nosotros.
Habrá los que se llevan mucho,
pero no habrá de los que no nos dejarán nada».
Jorge Luis Borges

Hace un tiempo que me apetecía escribir sobre este tema. Y es que muchas veces por pereza, miedo, rutina o incertidumbre, nos hacemos un hueco (o tratamos a toda costa de construirlo) donde sabemos que es muy difícil o complicado quedarse.

Seguro que vuestra intuición os ha avisado en más de una ocasión. O el sentido común. Pero al final, vamos dejando ese momento de marcharnos porque no podemos negar que hay determinados momentos en los que nos volvemos creyentes, como si tuviéramos el poder de cambiar a las personas, la situación, las cosas…

Es una dicotomía constante cuando sabemos las cosas pero nos cuesta tomar la determinación. Y entramos en la lucha de saber que no, pero queremos que sí. Los milagros, en raras ocasiones suceden. Así que miramos, sentimos, pero no actuamos.

Desde el punto de vista sentimental solemos hacer malabares e incluso obra para adaptarnos a condiciones que si lo pensamos con perspectiva y serenidad, no habríamos ni abierto la puerta. O en su defecto, nos habríamos marchado de ahí en cuanto hubiéramos comprobado que esa persona, con sus condiciones, no es lo que buscamos o necesitamos en ese/este momento de nuestra vida.

Cuando nos queremos quedar donde no es, solemos empezar una lucha interior porque sabemos que la realidad no coincide con lo que deseamos. Es como si deseamos que llueva y pensándolo a cada instante, finalmente, se pusiera a llover.

Lo mismo sucede con las personas. Quizás nos cuesta menos trabajo cuando no hay ningún tipo de vínculo emocional. Pero cuando hablamos de relaciones familiares o de amistad, la cosa se complica. Y si hablamos desde el punto de vista sentimental, llegamos a hacer verdaderas barbaridades.

No. En el amor no hay que sufrir. Y no podemos interiorizarlo como algo normal.

Todas las experiencias que hemos vivido nos marcan. Y cuando llegamos a una edad solo buscamos la paz y la tranquilidad. Huimos (y con razón) de aquellas personas que puedan suponer cualquier atisbo de cambio o que venga a llevarse lo que con tanto esfuerzo hemos conseguido. Conforme más tiempo pasamos a solas y más disfrutamos de esa paz y tranquilidad, más nos cuesta involucrarnos emocionalmente con alguien.

Nos saltan las alarmas del pasado y aunque queremos vivirlo de nuevo y sentir la ilusión y las ganas de algo emocionante y bonito, nos quedamos esperando, sin actuar con la determinación que posiblemente en otra etapa de nuestra vida, hubiéramos hecho.

Pero no podemos equiparar una relación a algo que te quite la paz, la tranquilidad y que suponga un verdadero infierno. Estamos tratando de quedarnos donde no es a toda costa. Y en más de una ocasión hemos pagado un alto precio por un lugar donde no nos sentíamos al 100% y en el fondo de nuestro corazón sabíamos que teníamos un pie fuera.

Quizás, deberíamos de reflexionar y pensar realmente por qué preferimos quedarnos aún a sabiendas que no es un lugar que nos pertenezca, e insistimos y vamos en contra de lo que realmente sentimos, por estar con esa persona. Por hacer de eso una «relación».

Saber y querer decir que no, es tan importante como decir que sí. Y muchas veces, decirle sí a alguien es negarnos la felicidad. Por eso es tan importante priorizarnos, querernos y sobretodo, conocernos.

Por propia experiencia os digo que cuando nos queremos quedar donde no es, lo sentimos. Es algo que lo llevas por dentro. Es un «sí pero no». Un «aquí no es, pero voy a intentarlo». Al final, son historias sin acabar que queremos transformar por si al final, sucede.

Hay que construir una casa propia (y darle a eso el significado que se quiera). Amueblarla bien, ponerla confortable y cálida. Hacer reformas si es necesario. Tirar aquello que ya no se use y deshacerse de lo que ocupa sitio y acumulamos por el simple hecho de tener. Disfrutar de estar en esa casa, vuestro propio refugio y hogar. Y no dejéis que nadie que no os haga sentir bien, se quede en ella.

Disfrutad del camino. Es tiempo de cambio. Mis mejores deseos,
I.

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